En mi opinión, este nuevo
alcance que plantea el cuestionamiento y reconsideración de las verdades
absolutas y su ¨casi imperceptible¨ naturalización de “lo bueno, lo bello, lo
correcto, lo único válido y por tanto aceptable”, dilata fronteras y problematiza
el absolutismo de las meta-narrativas, las mismas que establecían una
perspectiva del mundo inmutable; vital ruptura que me resulta fascinante. El
arte jamás nos ha brindado manifestaciones “inocentes o neutrales”, es, y ha
sido, profundamente ideológico, constituido tradicionalmente de cimentos heteropatriarcales; sin embargo, desde la modernidad advertimos gestos de resistencia
que se explayan, con gran alcance, en la posmodernidad. Esta nueva propuesta
liberadora nos provee herramientas para comprender esta disciplina, y, a través
de la misma, dar voz a las múltiples formas
de existencias y resistencia; así como a
las problemáticas que las potencian. Es de esta manera que, la dispersión
del poder se dispara con las alternativas emergentes al cuestionamiento de
legislaciones definitivas que, por su acción, controvierten y tambalean a los
tajantes establecimiento de conceptos lineales, binarios y, por lo tanto, disyuntivos.
Justamente, se pierde objeto alguno de conmensurabilidad y se reformulan posicionamientos
antes inconcebibles; además, las acciones pragmáticas construidas por los
juegos del lenguaje se modifican debido a la interconexión establecida por el
inicio de la globalización, impactando fuertemente al campo del arte, y proyectando la balanza hacia un nuevo campo de fuerzas donde yacen diversos agentes, diversas
micro narrativas: la pluralidad de la posmodernidad.
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