Si
la condición del ser contemporáneo es su anacronismo, se podría intuir que este
sujeto tiene una relación particular con el lenguaje. Por su afán por nombrar al
mundo, en medida que cuando lo nombra existe; por lo tanto él existe en base a lo que dice. Lo que enuncia lo hace desde una perspectiva que va a destiempo de
su época. Construye un lenguaje al servicio de su búsqueda por identificarse mas que para comunicarse. Crea nuevas palabras, connotaciones, denotaciones, símbolos ajustandolos en virtud a su agenda.
Su
identidad reside en su lenguaje; si él habitara
una casa, ésta del suelo al techo estaría apilada de papeles,
investigaciones ilustradas.. Como si fuera Durero nombrando al Rinoceronte, o
Maggrite aclarando que Ceci n´est pas une pipe. Pero el archivo de dichos
documentos sería realmente complicado, pensando que la contemporaneidad es una
estructura abierta, lo admite “todo”. Tendría una infinidad de cajoncitos en
los que a diario clasifica y reclasifica en categorías que se ensanchan.
Se
le estremece todo su lenguaje frente a la polisemia, evidencia de la expansión de las palabras y pie de juego para abducir significantes. Esta
complicidad especial que tiene con el lenguaje, le permite articular una multiplicidad
de sistemas. Es un estratega de la sintagma que se escabulle entre las rendijas de
los significados.
La utopía de lo contemporáneo habita en todos, pienso que
el ser contemporáneo surge en esta constante búsqueda de respuestas. Así en dialogo con el espacio-tiempo,
salen respuestas como el campo de relámpagos de Walter de María; ó el performance de Suzanne
Lacy en Quito.
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