Entonces estamos ahí de frente o de lado contemplando
y simultáneamente viviendo la experiencia. Parece inocente, parece
genuino. La inocencia se puede medir
contando los puntos de anclaje; imaginarios o formaciones discursivas son estas
redes que conectan (a toda velocidad) la experiencia con la sintagma.
Por qué? Porque las palabras no están flotando por
ahí, porque las palabras están sujetas a entramados de connotación y
denominación.
Veo lo que nombro, porque lo que nombro pertenece a
un sistema de referencias basadas en la experiencia colectiva; ó nombro lo que
veo con todo control y pericia de la sintaxis.
Ahora en la época en la que el proceso es más
importante que el resultado y da igual quien vino primero si la gallina ó el
huevo, el itinerario se convierte en el anfitrión de la episteme. Es una mónada
voluble que usa y abusa de su camaleónica función para lanzar anclas a (ya no
una, sino) varias unidades de sentido.
No somos inocentes, ni libres. Porque cometemos actos de estética todo el tiempo, el discurso no es otra cosa que componer un plano. Apelamos a la retorica de la imagen cada vez que escogemos una palabra y descartamos otra. Así unos utilizan la palabra como representación que es también un acuerdo, la comunicación; y otros la utilizan como voluntad de poder, con propósito, la palabra como dasein.
Tal vez el Arte Contemporáneo a través de todos sus
mecanismos propone un puente para el desfase entre lo cognitivo y lo
denominativo, lanzando alertas sobre la realidad. Y así nos seguimos quedamos en
blanco cuando vemos Nimbus de Berndnaut Smilde. Escapa de la lógica porque
no puede haber una nube en una habitación; escapa del lenguaje, porque una nube nube, no
es, porque las nubes están en el cielo.
Y es tan hermosa!
Y es tan hermosa!

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