Me llama mucho la
atención leer sobre la época de la postguerra y constantemente sentir como la
connotación del texto nos sitúa casi automáticamente en una suerte de coraza, o
por qué no decirlo, en una especie de penumbra; algo así como la oscuridad de
la que habla Agamben cuando define la contemporaneidad. Según Agamben el sujeto
contemporáneo es aquel que mantiene la mirada fija en su tiempo para percibir, no
sus luces, sino su oscuridad. (2011, p. 21). Y es que, los individuos que pertenecemos a un periodo
determinado de la historia (1945 en adelante) nos hemos convertido en los hijos
de la postguerra. Sin embargo, creo que
es importante recalcar esa brecha que
existe entre los sujetos que experimentaron el tiempo directamente posterior a
la guerra y los sujetos que pertenecemos más al nuevo siglo que al anterior.
Pues bien, me parece
bastante razonable sentir que sí hubo un tiempo en el que el discurso de la
postguerra realmente se convirtió en esa
coraza invisible que permitió que muchos artistas y muchos no artistas experimentaran
tiempos de creación, de innovación, de subversión a partir del sufrimiento por el que
atravesaban. Siendo así ¿Cuál es esa oscuridad y cuáles son esas luces en la
contemporaneidad? Por un lado, creo que la ciencia, la tecnología, la
informática podrían fácilmente constituirse en esas luces de nuestra época,
muchas veces enceguecedoras y distrayentes, pero al mismo tiempo responsables de grandes aciertos históricos
que actualmente rigen nuestra manera de enfrentar el mundo, o nuestras maneras
de interactuar con nuestra contemporaneidad. Por otro lado, creo que la
oscuridad de nuestra época es la guerra
en sí, la guerra que poco a poco la vamos sintiendo más cercana.
